
Capítulo 2
Cuando crucé el puente
Por Joanny Nin
Capítulo 2. Cuando crucé el puente.
Llegué a este país desde República Dominicana a inicios de los noventa. Antes de pisar Tampa, pisé Puerto Rico. Ese fue mi puente.
Nadie te prepara de verdad para lo que es irte. Uno se imagina el avión, la maleta, el abrazo de despedida. Pero no se imagina lo que pesa por dentro: dejar lo conocido — el idioma de todos los días, la gente que te vio crecer, la calle que te sabías de memoria — para empezar otra vez, desde cero, en un lugar que todavía no te conoce.
Y aun así crucé. Porque a veces la fe no se siente como paz; se siente como un paso que das sin saber exactamente dónde vas a caer.
Llegué sin garantías. Lo que tenía era ganas de salir adelante, y la certeza — aunque entonces no supiera nombrarla así — de que Dios no me había traído hasta aquí para dejarme a mitad de camino.
Lo que me costó fue grande. Pero nunca estuve sola.
Estudié mucho porque entendí temprano que a mí nadie me iba a regalar nada, que lo único que de verdad es mío es lo que aprendo. Años después, esa misma mujer que cruzó el puente es criminóloga, especialista en Homeland Security, paralegal, preparadora de impuestos, agente de seguros, bookkeeper y contratista licenciada.
Nada de eso llegó de un día para otro. Llegó capítulo por capítulo, como esta historia.
“Lo que me costó fue grande, pero nunca estuve sola.”
Hoy, cuando miro hacia atrás, no veo solamente el cruce. Veo cada puerta que se abrió después de ese primer paso, y a mi hijo Alex, el rey de la familia, que llegó cuando yo tenía veintiocho años y desde entonces ha caminado conmigo, los dos dedicados al trabajo y al estudio.
Si tú también estás cruzando tu propio puente, sigue caminando.
No se ve el otro lado desde el primer paso. Pero se llega.